Así, sin más. Cierran los hospitales.
Sin ir más lejos, el
Hospital de la Princesa, en la Calle Diego de León, Madrid.
¿Dónde está la Princesa que no protesta?
Gente en la calle, protestando, cortando el tráfico; empleados, con
bata, con
zuecos, con bolis de propaganda de medicinas en el bolsillo,
estudiantes,
como Cos o mi prima, o la tuya,
médicos de alta alcurnia,
enfermeras, auxiliares, cocineros, y
enfermos, y familiares, y
vecinos, y tenderos, y la de las
flores, el de los
helados, la
estanquera, la de la
farmacia, el de la
funeraria, la
óptica y los sonotones, el
kiosco...y
así todo el rato.
Porque es un dramón.
Cierran un hospital.
Que
no hay crisis cuando estás enfermo, enfermos hay, personas con ganas de dedicar su tiempo a cuidarles también,
y menos mal que esta vocación no se agota.
Pero se ve que gusta más gastar los cuartos del estado en aeropuertos, coches oficiales y mandangas. Y nosotros, a pagar por una
sanidad privada.
¡Con lo que les ha costado conseguirlo a nuestros padres y abuelos!
Ya no oiré
helicópteros desde la cama.
Mi madre me sacó de dudas cuando le comenté que qué curioso, desde mi habitación en Madrid se oían muchos helicópteros.
Esos helicópteros llevaban
órganos de urgencia al Hospital,
un trasplante.
Y me daba mucho gustico saber que ese helicóptero llevaba un órgano, una arteria o un enfermo. Que iba directo
al hospital a salvar una vida, o dos, o más.
Hospital de la Princesa, y de todos.
Y ¿qué hacemos?
Dicen los vecinos que
ya está vendido. Que viene muy bien al barrio, a los ancianos del barrio
(que no son pocos, de hecho el barrio Salamanca está plagado de abuelas con perro y que fuman, en invierno van con abrigo de visón, pero esto da para otro post) les va mejor pagar por estar internos en una residencia que mantener piso y señora que les cuide.
Total, que terminaremos pegándonos de codazos con las señoras internacionales para poder trabajar, cuidando a los abuelitos que no puedan pagarse una residencia en Diego de León.
Que dice mi madre también.